Me observé en el espejo y sonreí.
La verdad es que la blusa blanca de escote corazón con los vaqueros ajustados y las botas de tacón marrones me sentaban muy bien. Y todo gracias a Aria.
Satisfecha, cogí el collar dorado que estaba colgado de una de las esquinas de mi espejo y mientras me lo ponía no pude evitar reír al escuchar como mi hermana iba dando tumbos de una habitación a otra estresándose cada vez más.
- Si te caes por las escaleras no esperes que vaya a por ti - Le grité para que me escuchara.
- Vete a la mierda Jane - Dijo entrando en mi habitación, llevando un zapato negro de plataforma en la mano - ¿Has visto el otro?
- Ay Dios, estás preciosa.
Llevaba el pelo castaño suelto liso natural, con suaves tirabuzones en las puntas que le llegaban un poco por debajo de media espalda.
También un vestido corto de una sola manga de seda de color rosa palo bastante suelto que llevaba incrustada un poco de predrería plateada que se iba difuminando a lo largo del vestido y que la verdad, además de resaltar sus ojos azules, era perfecto.
- ¿En serio? No crees que me haga..
- ¿Gorda? Deja de decir gilipolleces y tranquilízate, estás blanca - Me acerqué a ella y la cogí por los hombros mirándole a los ojos y juntas imitamos una respiración tranquila. Era un truco que hacíamos desde pequeñas.
Vale, era un día especial para ella. Hoy Aria por fin demostraría al mundo que estos últimos seis años habían merecido la pena, hoy demostraría su organización y madurez.
Hoy se graduaba.
Yo me gradué el año pasado y recuerdo estar así o peor que ella. De hecho, no conseguí dormir en toda la noche y recuerdo que casi me da un ataque de nervios antes de subir a por el diploma.
- Gracias - Me sonrió mientras me abrazaba.
Uf, no soportaba los abrazos, a ella le dejaba pero solo por ser mi hermana pequeña y en escasas ocasiones.
- Vale, vale... cuidado con el pelo.- Me separé de ella haciendo una mueca y alisé mi blusa - Ah, en tu armario.
- ¿Qué? - Frunció el ceño.
- ¡El zapato imbécil!
- ¡Ah joder! - Salió corriendo de mi habitación como una loca - ¿Cómo vamos? - Me gritó desde fuera.
Cogí el bolso a conjunto con las botas de encima de mi cama y salí por la puerta hacia las escaleras. No volvería a ver este pasillo hasta dentro de mucho.
- Con tiempo - Le dije mientras venía detrás mía con la toga y el birrete en la mano.
Saqué el movil del bolsillo trasero del pantalon y tenía un mensaje de mi padre: "Ya tengo dos, y en segunda fila", decía.
- Vale, a ver....¿Llevas la cámara?
- La duda ofende - Le contesté con tono divertido. Literalmente, yo nunca jamás me olvidaría a mi pequeña.
- ¿Las maletas?
- En el maletero de la furgo.
- ¿Papá?
- En el insti cogiendo sitio.
- Y eh.. ¿Metiste los preservativos en la maleta?
- Que si..¿Que? - Paré de golpe, causando que por casi chocara contra mi espalda y le pegué una colleja - Pero mira que eres cerda.
- Oh vamos, no quiero una sobrina a los 17, y mucho menos un bombo.
- Ponte la toga y cállate de una vez.
Soltamos una carcajada y me aparté para que saliera de casa y poder cerrar la puerta con llave mientras se ponía la toga de seda negra característica del instituto.
- Y los metí ayer por la noche - Le dije mientras reíamos aun mas.
Salimos por el camino de la entrada y saqué un cigarrillo del paquete de tabaco.
- Como siga haciendo este calor voy a empezar a sudar como un cerdo y no es plan - Exclamó agitando la mano para darse aire.
- ¿Y qué quieres? Estamos en Sacramento, CA.
- No me quiero ni imaginar cuando estemos en San Diego.
Resoplé mientras me encendía el cigarrillo y abría la furgo, como nosotras la llamábamos. Era una furgoneta volkswagen de color azul cielo que me regaló mi padre cuando cumplí los dieciséis.
De momento no me había fallado ni una sola vez, y esperaba que siguiera así por lo menos hasta llegar a San Diego mañana.
Subimos cada una por un lado y arranqué.
Pero antes de apretar el acelerador miré a mi hermana, estaba pálida.
- ¿Lista? - Le pregunté con el cigarrillo entre los labios.
Ella me devolvió la mirada y me sonrió de forma tranquilizadora, pero le salió tan forzado que acabó pareciendo más una mueca estraña.
- Eso creo.
Di unos golpecitos en el volante y sonreí.
- Pues vamos allá.
